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CASO: El ingeniero Giacomo Schipa-Colque llevaba veinte años trabajando en la supervisión de obras públicas. Su escritorio, siempre ordenado, estaba cubierto de planos, informes y una pequeña fotografía de su hija en su primer día de escuela. Nunca había buscado reconocimiento, pero todos sabían que su firma tenía peso: una obra no avanzaba sin su aprobación.
Una tarde calurosa, mientras revisaba los documentos de licitación para la construcción de un nuevo puente, recibió una visita inesperada. Era el representante de una de las empresas postulantes, un hombre de traje impecable y sonrisa ensayada.
—Ingeniero Schipa-Colque —dijo mientras se sentaba sin ser invitado—, sé que tiene mucho trabajo. Pensé que podríamos facilitarle las cosas.
Colocó sobre el escritorio un sobre grueso, cuidadosamente cerrado.
—Un gesto de buena voluntad. Solo queremos asegurarnos de que el proceso fluya sin contratiempos.
Giacomo no respondió de inmediato. Tomó el sobre, lo pesó en la mano, y lo dejó a un lado. Luego, sin levantar la voz, dijo:
—¿Sabe usted cuántas personas cruzarán ese puente cada día? Madres con niños, trabajadores, estudiantes… Si algo falla, no será su empresa la que dé la cara. Seré yo.
El visitante intentó sonreír, pero su gesto se tensó.
—No estamos hablando de comprometer la calidad. Solo de agilizar decisiones.
Ramiro se levantó, caminó hacia la ventana y miró la ciudad. Pensó en su hija, ahora en la universidad, en los años que había dedicado a construir una reputación limpia, en las veces que había dicho “no” aunque le costara amigos y oportunidades.
—No necesito que me faciliten nada —dijo al fin, volviéndose—. Lo que necesito es que cumplan con los estándares. Si su propuesta es la mejor, será elegida. Si no, no hay sobre que lo cambie.
El hombre recogió el sobre, murmuró una excusa y se marchó.
Esa noche, Giacomo llegó a casa más cansado de lo habitual. Se sirvió un café y se sentó en silencio. Sabía que nadie aplaudiría su decisión, que no saldría en los periódicos. Pero también sabía que había elegido bien. Y en ese silencio, encontró una paz que ningún sobre podría comprar.
¿Qué virtud ha ejercido directamente Giacomo para evitar caer en ese acto de inmoralidad y a cuál de los apetitos humanos pertenece?